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Los CENIs y la necesidad de investigación del sector agropecuario

Por: Iván Gutiérrez Restrepo, Director Ejecutivo CENIRED.
La “revolución verde” produjo incuestionables beneficios para la humanidad con el incremento en la oferta alimentaria (arroz, trigo, otros cereales) obtenido con aportes tecnológicos soportados en mayores rendimientos por unidad de área sembrada. La mayor producción agrícola en el siglo pasado fue lograda gracias al uso de variedades de alto rendimiento sometidas a mejoramiento genético y al empleo de fertilizantes, así como a la mayor disponibilidad de tierra cultivable y de recursos hídricos, y al control de plagas y enfermedades garantizado con el uso intensivo de agroquímicos.
Desde la década de los 50, la acometida tecnológica emprendida para alcanzar las metas de producción agroalimentaria -necesarias para atender a una población con altas tasas de crecimiento- estuvo, en forma casi invariable, a cargo de agencias públicas de investigación, apoyadas con la transferencia de tecnología proporcionada por organismos internacionales. La investigación orientada hacia el aumento de los rendimientos por unidad de área y hacia el control de plagas y enfermedades permitió disminuir el hambre en el planeta, pero también mostró señales de alto costo para la tierra y para sus habitantes: entre otras, manejo uniforme de las áreas sembradas; descomedido uso de insumos químicos con efectos en la concentración de gases tipo invernadero; falta de visión para usar una agricultura diversificada; y erosión de los suelos. Por su demostrada dependencia en insumos químicos, la “revolución verde” constituyó un proceso artificial de producción agrícola.
Surgió entonces en los 90 el concepto de “agricultura ampliada”, basada en el uso de la biotecnología, de las TIC, de la nanotecnología, y enfocada en aumentar los rendimientos, en garantizar la calidad de la producción, en desarrollar la estabilidad de los sistemas de producción, y en el uso racional y eficaz de la tierra y de los recursos naturales con la evaluación de sus impactos por parte de la sociedad civil. Fue necesario reorientar la investigación. Se dio vida a los Centros de Investigación del sector privado, encargados de atender las demandas de los cultivos indicadas por sector empresarial, las exigencias de innovación en las respectivas cadenas y la incorporación de mayores desafíos tecnológicos. Se introdujeron distintos criterios para la medición del desempeño: rendimientos por unidad de consumo de agua, huella del carbono, huella hídrica, componente activo del producto/hectárea. Esta “nueva revolución agrícola” es un proceso natural de producción, logrado con mayor uso de insumos biológicos.
En Colombia, los centros públicos de investigación trabajan con ajuste a los preceptos de la “revolución verde”. No ven la importancia de hacerlo con base en investigación aplicada orientada a atender las demandas de cultivos de consumo universal y masivo, seleccionados de acuerdo con las necesidades de la población y con su potencial como generador de divisas. Se trabaja en investigación adelantada sobre amplia gama de cultivos para los cuales no se conocen mercados claramente definidos, con resultados inciertos de “beneficio costo”.
En 1938 los cafeteros colombianos crearon el Centro de investigación del Café, Cenicafé, Registra 77 años de funcionamiento con estándares de calidad reconocidos en el mundo científico. Su equipo técnico calificado, de cerca de 1.500 personas, el Servicio de Extensión de la Federación Nacional de Cafeteros, se encarga de difundir los conocimientos e innovaciones desarrolladas Los resultados conseguidos por Cenicafé y la falta de una adecuada investigación para otros cultivos, impulsaron a los productores de agroforestales (1974), caña de azúcar (1977), banano (1985), palma de aceite (1991), camarones de cultivo (1993), flores y follaje (2004), cereales y leguminosas (2012), a organizar y a poner en funcionamiento sus propios centros, hoy agrupados por Cenired. Los logros de estos Centros han permitido el desarrollo de los cultivos soportados, los cuales, por intermedio del respectivo gremio, establecen la demanda de investigación requerida, acompañan el proceso de investigación y, con los resultados conseguidos, proceden a llevar a cabo las labores de extensión y de asistencia técnica entre los productores del cultivo. Esta tarea de investigación y de soporte técnico ha sido posible gracias a las contribuciones del el eslabón encargado de la producción y transformación de los bienes obtenidos, representado por los gremios. Estas se hacen mediante aportes directos, recursos parafiscales, o por la combinación de ambas fuentes, como es el caso de Cenicafé, Cenicel, Cenipalma. El presupuesto anual requerido por este grupo de Centros para atender los gastos de sostenimiento, de funcionamiento y de inversión en los programas de investigación, asciende hoy a una cantidad cercana a los $360 mil millones -US$120 millones pagados por los miembros de la respectiva cadena. 
El sector público comprometido con el desarrollo del sector se ha mostrado indiferente ante las demostrables necesidades de sus áreas de investigación, desarrollo tecnológico e innovación, lo que explica la vergonzosa situación en la que se ha perpetuado el país que, con 0,18% del PIB, se ubica entre los tres países de la región que menos atienden estas disciplinas científicas, a remota distancia de lo que se invierte en países serios comprometidos con el bienestar de sus habitantes y con la conquista de mercados atractivos.1 En Estados Unidos el presupuesto para investigación en 2015 es de US$136.500 millones, lo que equivale a US$428 por habitante. La inversión por habitante en Colombia es de US$2,60, si se tiene en cuenta que para este año Colciencias dispuso de US$125,0 millones.2 No es menor el reto que tiene el país ni el papel que le corresponde cumplir al sector privado.
Los Centros de Investigación CENIs dan soporte tecnológico a cultivos que constituyen el eje central de la economía agrícola del país, que en 2013 sembraron 3,0 millones de hectáreas. Con su investigación en campos como biotecnología, mejoramiento genético, fisiología, fitopatología, entomología, transgénesis, variedades, suelos y aguas, agro climatología, agronomía, entre otros, garantizan la calidad y el desarrollo tecnológico que permiten la exportación de productos por un monto de US$5.400 millones por año.3 Según FAO, Colombia es uno de los siete países que disponen de tierra para sembrar alimentos. El país debe aprovechar esta ventaja con el cultivo de productos de consumo universal y masivo para atender sus propias demandas y las de aquellos pueblos que no cuentan con tierra para sembrar los productos requeridos por sus necesidades alimentarias. Con el programa Colombia siembra, que adelantará en un lapso de tres años en áreas aún no sembradas, el país proyecta agregar más de un millón de hectáreas a su capacidad de producción agrícola. Este esfuerzo requiere del apoyo de todos los colombianos mediante la vinculación de inversión de capital, de la fuerza laboral, de la capacidad de los centros de investigación y desarrollo tecnológico del sector, y de todos los actores con capacidad productiva.
No se conoce el estado de las tierras disponibles, ni su capacidad para producir variedades que garanticen los rendimientos requeridos por demandas que se espera satisfacer. Además, es sabido que ese desarrollo rural propuesto exige programas para solucionar deficiencias en los campos de legalización de la propiedad de la tierra, de capacidad de asociación en las cadenas productivas, de infraestructura básica para las áreas incorporadas, así como de programas de formación para la población que las habita. Los CENIs, con la masa crítica a ellos vinculada -398 científicos entre Ph.D., M.Sc., y profesionales especializados-, con la disponibilidad de laboratorios de alta tecnología, y con su experiencia acumulada al servicio del campo colombiano, están en capacidad de apoyar la investigación que los nuevos emprendimientos requieren. Trabajan con agendas programadas a mediano y a largo plazo definidas con participación de los gremios representados, los que acompañan el desarrollo de los programas y proyectos de investigación, y proceden a aplicar los resultados conseguidos.4 Es clara la necesidad de que el Estado apalanque el desarrollo científico sobre el que se trabaja en el sector productivo, en donde se sigue esperando que se dé valor al know how que, para beneficio de la competitividad del país, durante muchos años se ha generado en los centros especializados de investigación del sector agropecuario.

1. Fuente OECD: Año 2013, %del PIB: Corea del Sur 4.4, Israel 4.3, Finlandia 3.5, Suecia 3.4, Japón 3.3, Alemania 3.0, EE. UU. 2.8, Brasil 1.16, Argentina 0.74, México 0.43, Chile 0.35, Colombia 0.18

2. http://www.agas.org/page/historical-trends-federal-rd; http://eltiempo.com/politica/gobierno/presupuesto-para-colciencias-del-2015/142344692 . Citados por Gutierrez, Juan B., University of Georgia.

3. Fuente: MADR-SEA (Asocaña, Asocolflores, Augura, Fedepalma, Federacafé, Fenalce) – Acuanal, Conif MinCIT (Exportaciones colombianas). 2014

4. Agroforestería, banano, café, camarón de cultivo, caña de azúcar, cereales y leguminosas, flores y follaje, palma de aceite

https://drive.google.com/file/d/0B5uHGrDQ6hfTcXI1VTUxd1VncHM/view

 

 

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