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LA ENERGÍA DE LA CAÑA

 

Colombia cuenta con más de 20 variedades de caña de azúcar sembradas a lo largo del rio cauca. Después del café, las flores y el banano, es el producto que más le genera ingresos al país.

 

Se dice que la caña de azúcar se originó como un tipo de césped hace unos 3.000 años en la isla de Nueva Guinea y de allí se extendió a Borneo, Sumatra e India. A Colombia llegó en el segundo viaje de Cristóbal Colon, en 1493, pero solo fue hasta 1501 cuando las primeras plantas lograron crecer en el territorio. Así, su cultivo sistemático se dio a mediados del siglo XVI cuando se ubicó en Buenaventura, al margen izquierdo del rio Cauca en Arroyohondo y Cañas Gordas, donde se establecieron trapiches paneleros.

 

Hoy, la caña de azúcar es uno de los cultivos más importantes del país y después del café, las flores y el banano, es el producto que genera más divisas. Según la Asociación de Cultivadores de Caña (ASOCAÑA), en los últimos diez años se han exportados 750.000 toneladas de azúcar en promedio (el 34 por ciento de lo que se produce) a más de 60 países como Chile, Perú, Haití, Estados Unidos, la Unión Europea, Argelia y Rusia.

 

Según el Centro de Investigación de la Caña de Azúcar de Colombia (CENICAÑA), en 2015 había 232.000 hectáreas sembradas en el país de las que le 75 por ciento pertenecían a más de 2.750 proveedores mientras que solo en 25 por ciento era de los ingenios.

 

Su producción se concentra en los departamentos de Cauca, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas y Quindío aunque recientemente Bioenergy (destilería de bioetanol filial de Ecopetrol) sembró este cultivo en el Meta “en el valle geográfico del rio cauca ya no hay disponibilidad significativa de tierra para la expansión de los cultivos de caña. Por esto, se vio la necesidad de expandir la frontera agrícola a otras regiones del país en particular los llanos, donde hay amplia disponibilidad”,  explica Luis Fernando Londoño, presidente de ASOCAÑA.

 

Y es que la caña de azúcar es uno de los productores con más usos agroindustriales. De los 14 ingenios que hay en el país, 12 son cogeneradores de energía y seis tienen destilerías de alcohol carburante. Además, existe un productor de papel (Propal), una empresa sucroquímica (Sucronal), más de 40 empresas de alimentos, tres de gaseosas, ocho de vinos y licores, y más de 50 proveedores especializados.

 

 “De las 24.205.089 toneladas de  caña producidas en el año 2015, se obtuvieron 2.864.901 toneladas de azúcar, 456.403.000 millones de litros de bioetanol y se generó 1.380.721 megavatios hora de los cuales se vendieron 513.643 megavatios hora al sistema interconectado nacional. Esta energía entregada fue fundamental para evitar el razonamiento eléctrico debido a los efectos del fenómeno de El Niño”, explica Carlos Hernando Molina, presidente de la Asociación Colombiana de Productores y Proveedores de Caña de Azúcar (Procaña).

 

Según cifras del Dane, en 2014 el sector azucarero representó el 3.4 por ciento del PIB agrícola del país y el 2 por ciento del industrial, mientras que en el PIB total nacional, representó el 0.5 por ciento. Sin embargo, este aporte se ve amenazado por el aumento de las importaciones: “Los incentivos y la protección que da Estados Unidos a la producción de maíz son supremamente grandes y ponen a los productores colombianos de etanol a competir en condiciones de desventaja. Nosotros le decimos al gobierno que importe cuando haya escasez y exista la necesidad inminente, pero que también empiece a exigir la misma calidad de los productos nacionales”, explica Molina.

 

Lo mismo sucede con el mercado del azúcar que según Procaña se desarrolla en condiciones desiguales, pues los mayores productores del mundo tienen fuertes medidas de protección a la producción nacional con presupuestos y programas que impiden el libre mercado, de ahí que el 10,4 por ciento del azúcar que se consume en el país sea importada.

 

A pesar de estas circunstancias, estudios realizados por LMC International destacan que le sector azucarero colombiano entre 2011 y 2015 fue líder en productividad (toneladas de azúcar por hectárea)entre los principales productores de azúcar en el mundo, situándose por encima de la Unión Europea, Australia y Guatemala.

 

CULTIVO ÚTIL

Estos son algunos de los usos que se le dan a la caña de azúcar en el país.

 

AZUCAR: En 2015, Colombia produjo 2,35 millones de toneladas de azúcar que representan el  1,4 por ciento de la producción mundial.

BIOETANOL: En 2015 se fabricaron 456 millones de litros para abastecer la demanda nacional generada por el programa de oxigenación de la gasolina que está en marcha desde 2005.

MELAZA: Al año se producen 260.000 toneladas. Se obtiene a partir de la fabricación de azúcar y se usa para la alimentación animal y otros usos industriales.

BIOENERGIA: A partir de la combustión del bagazo de caña se genera electricidad. Permite tener combustible disponible en el largo plazo y generar reducciones en la emisión de gases efecto invernadero.

COMPOST: Abono orgánico que se hace a partir de la cachaza, la vinaza, las cenizas y los residuos de campo.

PAPEL: la fibra del bagazo es la materia prima para la fabricación de papel biodegradable, compostable y reciclable ciento por ciento.

ACIDO CITRICO: En 2015 se exportaron 26,6 millones de dólares, de los que el 71 por ciento se dirigió a Estados Unidos y posicionó a Colombia como el mayor proveedor de este producto en ese país a nivel regional.

 

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CAMPO DE INNOVACION

 

En el país hay solo dos investigadores por cada 100.000 habitantes en áreas del conocimiento afines al sector agropecuario.

 

 

Cuando la roya llegó a los cultivos de café colombianos en septiembre de 1983, el Centro Nacional de Investigaciones del Café (CENICAFÉ) ya había presentado un año antes una planta que era más resistente a esta enfermedad. Se trataba de la variedad Colombia, un cruce entre la caturra y el híbrido de Timor, en la que el centro llevaba 15 años trabajando. La misma que se convertiría en símbolo de la caficultura del país y en un importante logro de la investigación y de la innovación en el sector agropecuario.

 

Este resultado era el reflejo de una época en la que el desarrollo científico para el campo estaba en ebullición. De acuerdo con Juan Lucas Restrepo, director ejecutivo de la Corporación Colombiana de investigación Agropecuaria (Corpoica), a la iniciativa de CENICAFÉ,  -creado en 1938- se le unieron en los años sesenta y setenta importantes inversiones internacionales del Banco Mundial y de fundaciones como la Ford, Rockefeller y Kellogg, para mejorar el conocimiento y la tecnología en el sector.

 

Una muestra de ese buen camino es el establecimiento, en 1967, gracias al apoyo del gobierno nacional y de esas fundaciones, de la sede principal del Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), una institución dedicada a la investigación para aumentar la ecoeficiencia en la agricultura con el fin de combatir la pobreza y mejorar la nutrición humana en los trópicos.

 

Siguiendo el ejemplo de los cafeteros, diferentes gremios agrícolas también invirtieron en investigaciones para mejorar su productividad y competitividad. Aparecieron nuevos CENIs, Centros Nacionales de Investigación, creados por el sector privado, como el de los productores agroforestales (1974), el de la caña de azúcar (1977), el de banano (1985), el de la palma de aceite (1991), el de acuicultura (1993), el de flores y follaje (2004) y el de cereales y leguminosas (2012), solo por nombrar los que desde 2003 se encuentran agrupados en la  Corporación Red de Centros de Investigación y Desarrollo Tecnológico del Sector Agropecuario (CENIRED).

 

LA INVESTIGACIÓN HOY

 

Pero la buena racha duró poco. “Desafortunadamente desde la década de los ochenta empezó a decaer la inversión en el tema de ciencia y tecnología”, afirma el director de Corpoica. Y añade que eso afectó a los indicadores de productividad agropecuaria dejándolos prácticamente estancados, lo que le costó mucho a la competitividad del país.

 

Rubén Echeverría, director general  del CIAT en Colombia, piensa que a pesar de ese retraso hoy el panorama es alentador: “Colombia ha mostrado en los últimos años una tendencia positiva, al contratar más investigadores e invirtiendo más”.

De acuerdo con Colciencias, actualmente hay en el país 14 centros de investigación reconocidos por la entidad, en áreas del conocimiento relacionadas con el sector agropecuario la agroindustria. Y 214 grupos de investigación que tienen 905 científicos.

 

En lo que respecta a Corpoica, su planta de investigadores pasó de 64 profesionales con doctorado, en 2010, a 124 actualmente, además de 194 másteres y 46 profesionales de investigación. Esto ha sido posible gracias a un aumento en los recursos destinados por el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, que en 2010 eran de 47.000 millones de pesos y que hoy ascienden a 190.000 millones de pesos.

 

A su vez, los ocho CENIs vinculados a CENIRED tiene 58 doctores, 116 másteres y 397 especialistas técnicos. Estos centros demandan para su sostenimiento básico un presupuesto anual cercano a los 360 mil millones de pesos, provenientes de fondos parafiscales y de recursos aportados por los gremios respectivos.

 

AÚN FALTA

 

Pero la tasa de investigadores en áreas del conocimiento afines al sector aún es baja. En el país hay dos investigadores en materias agropecuarias por cada 100.000 habitantes de acuerdo con los indicadores del Observatorio del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología Agroindustrial, mientras que la tasa nacional en todas las áreas del conocimiento en 2013 se ubicó en 22,9 investigadores por cada 100.000 habitantes.

 

Los representantes del sector coinciden en que todavía hay mucho por hacer para ponerse al día. Para Iván Gutiérrez, director ejecutivo de CENIRED, hoy la investigación pública está enfocada en el beneficio de productos propios del trópico con escasa demanda en el exterior.

 

Y explica: “Esto no ha permitido la debida atención sobre las necesidades de investigación y desarrollo tecnológico de cultivos que constituyen la columna vertebral de la economía agrícola del país”. Según él, los CENIs han tenido que atender esta falencia con sus propios recursos.

 

Para Juan Lucas Restrepo hay que entender que el país es heterogéneo y, si bien la corporación trabaja en el desarrollo de las cadenas de talla mundial, se deben atender a los pequeños productores: “Tenemos que acompañar también las necesidades de cadenas de valor que tienen una oportunidad a mediano plazo o atienden poblaciones vulnerables, donde la solución de la pobreza pasa por la mejora de las condiciones de producción de estos territorios”, concluye.

 

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El maíz representa el mayor volumen de las importaciones del sector . La SAC afirma que el problema no está en la demanda sino en la baja oferta.

En los primeros cuatro meses de este año, el país  importó 4,2 millones de toneladas de alimentos que representan 43% de las compras realizadas en el exterior por parte del sector durante el año pasado. De seguir este ritmo de crecimiento, el presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia, SAC, Rafael Mejía, dice que a cierre de este año se podrían superar los 14 millones de toneladas importadas, frente a 11,4 millones registrados en 2015. El dirigente gremial señala que las importaciones de alimentos en Colombia siguen aumentando a pesar de que el país tiene una vocación agrícola con buenas tierras para cultivar. Datos del censo agropecuario indican que Colombia tiene 110 millones de hectáreas en el campo, de las cuales 42,3 millones están destinadas a actividades agropecuarias y que de estas solo se cultivan 7,1 millones.

Cifras del gremio del agro demuestran que mientras las exportaciones del sector crecieron entre 2000 y 2015 en 4,8%, las importaciones lo hicieron en 107%, lo que representa 11,4 millones de toneladas de importación frente a 4,2 millones de toneladas exportadas.

Haga click en la imagen para ampliar.

Descripción: http://www.elheraldo.co/sites/default/files/2016/07/21/articulo/abastecimiento_y_diversificacion_del_sector_agropecuario.jpg

Mejía señala que de las 38,9 millones de toneladas de alimentos que consumieron los colombianos el año pasado, un 30%, es decir 11,4 millones fueron importadas.

Al analizar el comportamiento de la actividad de comercio exterior en el sector, en los primeros cuatro meses del año, se evidencia que se importaron 4,9 millones de toneladas, volumen que supera en 24,4% al registrado en el mismo periodo de 2015. En contraste, el valor de las importaciones bajó, a causa de la caída de los precios de las materias primas a nivel internacional, y se ubicó en 2.000 millones de dólares.

Productos que más se compran en el exterior

El grupo de productos que más compra el país en el mercado externo, lo conforman el maíz, el trigo y la torta de soya, con una participación en el volumen total importado de 73%, (3,6 millones de toneladas) ello a pesar de la elevada tasa de cambio.

También hay una participación significativa de otros productos como el aceite de palma, azúcar de caña, hortalizas cocidas o conservadas, leche, aceite de soya, cebada y algodón. “En cada una de nuestras comidas estamos consumiendo importados, si desayunamos pan, fue elaborado con trigo importado, si almorzamos pasta, también y si cenamos cerdo o pollo, fueron alimentados con concentrados hechos a partir de importados”, sostiene el dirigente. El maíz está en el primer renglón de importación en los cuatro primeros meses del año con 2,5 millones de toneladas y una variación de 32%, en comparación con el mismo periodo de 2015.

El problema está en la oferta

La SAC considera que el incremento de las importaciones tiene su origen en una baja oferta. “Hay una buena demanda, pero la oferta no es suficiente”, señala Mejía.

El gremio ve en decisiones como el incremento de la tasa de interés por parte del Banco de la República, un tema que los afecta, pues reduce la capacidad de los productores del agro para acceder a créditos que se destinen a la compra de maquinaria y equipos para la modernización y aumento de la producción.

El Plan Colombia Siembra, que desarrolla el Ministerio de Agricultura, se considera una oportunidad de crecimiento pues su meta es aumentar en un millón, las hectáreas sembradas en el país a 2018.

La SAC de manera conjunta con el Consejo Gremial Nacional y el Ministerio de Agricultura, trabaja en el fortalecimiento de una política agraria de Estado, contemplada en las conclusiones de la Misión para la Transformación del Campo, que realizó el Gobierno nacional a través del Departamento Nacional de Planeación (DNP).

Mejía destacó que hay seis temas que son prioritarios para el sector: aranceles, agua e infraestructura, mecanización, normalidad laboral para los trabajadores del campo, asistencia técnica e impuestos.

Sector desacelera

Un análisis de la Asociación Nacional de Instituciones Financieras, Anif, señala que para 2016, las perspectivas para el sector agropecuario no son tan favorables como las de 2015 cuando creció 3,3% anual. El centro de estudios económicos estima que el sector crecería 1.7% anual, por debajo de lo que lo haría la economía (2.5% anual), como consecuencia de problemas de orden estructural, el factor clima y otros riesgos de orden macroeconómico.

Inflación de alimentos

Sobre el aumento de los precios de los alimentos, el presidente de la SAC, Rafael Mejía señala que el dólar que se estabilizó alrededor de los $3.000, impacta en la compra de insumos y fertilizantes, que aumentan los costos de producción. Otros factores como el paro agrario y el paro camionero han afectado al sector llevando a incrementos en los precios. El gremio espera que al finalizar este año la inflación de alimentos se ubique entre 7% y 8,5%, por debajo de la que se registró en 2015 con 10,85%.

POR: LUPE MOUTHÓN MEJÍA

http://www.elheraldo.co/economia/colombia-importa-30-de-los-alimentos-que-consume-273145

 

De cara al posconflicto, existen dos retos que si no reciben atención inmediata, se van a convertir en obstáculos para cumplir con los objetivos del proceso de paz, que, si mal no los entendemos, consisten en alcanzar mayor prosperidad con mayor equidad en una sociedad que ha superado el conflicto.

Uno de ellos es el que ha descrito con mucha autoridad Ana María Ibáñez, la decana saliente de Economía en la Universidad de los Andes, en un artículo que debería ser lectura obligada de todos los que tienen responsabilidad de gobierno, están interesados en crecimiento económico o el futuro desarrollo del sector rural (‘Después de la fiesta: a trabajar en el campo’, Portafolio, 30 de junio del 2016).

Lo que dice Ana María es que los compromisos del acuerdo de paz en lo referente al campo son ambiciosos y que el país no puede darse el lujo de no cumplir con ellos. Se debe encontrar la forma de mejorar el acceso a la tierra de la población rural, al mismo tiempo que se fortalecen los derechos de propiedad de la tierra.
Estos dos objetivos no son incompatibles, y colocarlos en un mismo nivel de importancia en el acuerdo debería brindarles suficiente confort a quienes creen correr el riesgo de perder su propiedad, sobre todo a los que se preparan para “defender su territorio como sea”.

En tercer lugar, va a ser necesario “emprender programas de desarrollo rural para incrementar la productividad agropecuaria y reducir la pobreza rural”. El cumplimiento de este objetivo no solo reduciría dicha pobreza y la del país, sino que promovería el crecimiento del sector agropecuario y de la economía. Esto último es muy importante porque contribuye a responder al otro reto impostergable, que es pasar a un nivel mayor de crecimiento sostenible de la economía.

Al parecer, una de las oportunidades concretas, que tiene la mayor probabilidad de éxito, es aprovechar las ventajas comparativas que tiene Colombia, uno de los pocos países del mundo que cuentan con tierra no desarrollada para la agricultura y agua en abundancia (ver artículo de Ricardo Ávila en EL TIEMPO del 24 de junio pasado sobre el Foro Económico en Medellín).

Cumplir con los compromisos del acuerdo ‘Hacia un nuevo campo colombiano: una reforma rural integral’ es al mismo tiempo el capítulo uno de un programa exitoso de crecimiento de la economía y una forma muy económica de pagar la deuda social que se tiene con el campo y sus habitantes.

¿Qué impide que se progrese para cumplir estos objetivos, a todas luces alcanzables e indiscutiblemente deseables? Ana María Ibáñez se despoja de su manto académico para pronunciarse sobre esto con mucha claridad: “Se requieren instituciones agrícolas sólidas, no capturadas por intereses políticos, y con una visión de Estado. (...) El Ministerio de Agricultura y sus entidades adscritas no pueden continuar siendo un fortín político y clientelista”.

Hay que transformarlo en un baluarte técnico y protegerlo de los políticos como se ha hecho con Hacienda o con Planeación, por ejemplo, y crecientemente en Salud. Esta es una decisión que tiene que tomar el Gobierno en cuestión de semanas, o meses a lo sumo, y que va a hacer evidente su “preferencia revelada”.

El problema de la falta de instituciones sólidas no es exclusivo del sector agropecuario. Es una de las razones por las cuales el desarrollo industrial está rezagado. El ministerio responsable adolece también de anemia técnica. Aunque no es el más clientelista, está sujeto a muchas presiones gremiales y políticas, y tiene demasiados frentes que atender. Entre sus entidades adscritas se destaca Bancóldex, que ha tratado de subsanar parcialmente esta falla, pero no cuenta todavía con el apoyo y la arquitectura institucional para hacerlo en forma sostenible y con mayor alcance.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/retos-impostergables-rudolf-hommes-columnista-el-tiempo/16640892

 

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